Nere Ariztoy y Maite Mancisidor: «Aquí al lado hay un mundo que merece la pena ver, tocar, entender y valorar» 

Nirea
Ago 07 2025

Entrevitsa a Nere Ariztoy y Maite Mancisidor

Santa Klara, en Zumaia, es más que un caserío: es tradición convertida en experiencia. Maite Mancisidor y su familia, con generaciones dedicadas al campo, han abierto sus puertas para compartir su forma de vida. Hoy, junto a Nere Ariztoy, consultora en turismo rural y gastronómico, han creado una experiencia que conecta a los visitantes con lo esencial: el cuidado, la tierra y los animales. 

    El caserío Santa Klara nació en 1902 tras una boda considerada prohibida, y desde entonces ha estado ligado a la ganadería y la vida rural. Con el tiempo, mi familia se adaptó: mi madre combinó el trabajo en bares con la creación de un agroturismo para cuidar el ganado y atender visitantes. Yo que estudié diseño mecánico, siempre tuve especial afinidad con las vacas. 

    En 2015, tras la pérdida de mi padre, mi familia vivió incertidumbre, pero decidí seguir adelante, enfocándome en el bienestar animal. Un viaje a Austria me inspiró a incorporar una raza de vacas de alta calidad, impulsando la mejora continua. Hoy, Santa Klara sigue siendo un proyecto familiar con más de 120 años de historia, basado en el compromiso con los animales, el entorno y el turismo rural. 

    Hemos preservado la esencia del caserío respetando la tradición ganadera y el bienestar animal, pues creemos que la leche de calidad proviene de animales tranquilos. Elaboramos yogures naturales, solo con leche y fermento, de forma artesanal, incluso el etiquetado es manual. Queremos que los visitantes valoren el esfuerzo real detrás del trabajo ganadero. 

    Nuestro agroturismo ofrece una experiencia auténtica con diez habitaciones y visitas de hora y media, que a menudo se prolongan. A veces coinciden con momentos únicos como partos o alimentar a los terneros. Estas vivencias permiten desconectar del ritmo urbano y conectar con una vida más pausada y en contacto con la naturaleza. 

    La idea del dron surgió en una charla con unos madrileños y hace diez años obtuve el título de piloto. Lo usamos para trabajar, ofrecemos a los y las visitantes vistas aéreas del caserío y el Flysch de Zumaia, y vigilamos el ganado cuando no puedo salir. 

    La máquina expendedora mantiene la tradición familiar de venta directa. Mi tía vendía leche con un burro y yo acompañaba a mi madre. Empezamos vendiendo leche y luego añadimos yogures. Tras consultar con el Ayuntamiento, instalamos la máquina frente al BM. Hoy, los yogures se venden más que la leche, que al ser fresca dura menos. En verano, el turismo valora tener productos locales y naturales a mano, más que las personas de aquí que lo ven como algo común. 

      Estudié Turismo y empecé mi carrera en agencias y otros ámbitos del sector. En 2010, un concurso llamado Un año sabático en La Rioja cambió mi rumbo profesional: buscaban a alguien para vivir allí un año y contar su experiencia en redes. Me presenté, dejé mi trabajo y fui seleccionada entre 1.500 personas. 

      Ese año marcó un antes y un después. Viví un mes en cada zona de La Rioja, descubrí el mundo rural, el trabajo de productores y la conexión con la tierra. Hasta entonces era muy urbanita, pero aquella experiencia me hizo valorar otro estilo de vida y el potencial del turismo gastronómico. 

      Desde entonces, me dedico a crear experiencias turísticas con productores rurales, dando valor a su trabajo y ayudando a visibilizarlo. Conocí a Maite gracias a Costa Gastronómica, un proyecto impulsado en 2014 por técnicas de turismo de Urola Kosta para potenciar la gastronomía local, más allá de lo que abarcaba Euskadi Gastronómica a nivel general. 

      Aunque a menudo me presentan como mentora, en realidad mi labor se centra en la consultoría, especializada en turismo gastronómico vinculado al producto local. Acompaño a baserritarras que quieren abrir sus explotaciones al público mediante visitas guiadas, y ahí surgen varios retos. 

      Uno de los principales es que, aunque tienen un conocimiento profundo y auténtico, no siempre les resulta fácil comunicarlo de forma atractiva a las personas que visitas. También hay dudas sobre la viabilidad económica de estas iniciativas y sobre si merecen el esfuerzo. 

      Por eso valoro tanto la colaboración con Maite, que comunica desde la autenticidad, algo clave para conectar con el público. Además, muchas veces falta apoyo institucional y recursos para arrancar: herramientas digitales, promoción, gestión… Ahí es donde intento aportar soluciones prácticas que les ayuden a empezar y a consolidar sus proyectos de forma sostenible. 

        Creemos que es muy importante que la gente —y especialmente los niños y niñas— pueda ver de cerca cómo viven y se cuidan los animales en un baserri. Esa experiencia directa les permite entender que detrás de cada alimento hay un trabajo constante, y también que los animales merecen respeto y cuidados. 

        Sin embargo, trabajar con grupos escolares nos ha resultado complicado. Hemos dejado de hacerlo porque, a pesar de que ofrecíamos descuentos importantes, muchas escuelas querían venir gratis y en ocasiones cancelaban el mismo día, lo que nos genera muchos problemas de organización. Además, grupos tan grandes pueden ser caóticos, y los animales se estresan fácilmente cuando hay demasiada gente alrededor. 

        En cambio, con familias la experiencia funciona mucho mejor. Es nuestro público principal. Cada vez vienen más familias con niños, incluso en autocaravanas, buscando planes diferentes y en contacto con la naturaleza. Muchas llegan estresadas por el ritmo del día a día en la ciudad, pero en cuanto están con los animales se relajan, disfrutan y los niños conectan con ese entorno de una forma muy natural. Lo curioso es que quienes más disfrutan suelen ser los niños de edad más avanzada, no tanto los más pequeños.  

        Lo que más me gusta de vivir y trabajar en el baserri es la tranquilidad y poder desconectar de verdad. Siempre bromeo que lo mejor es no tener vecinos cerca: si me tumbo en la hamaca, lo único que me grita es la vaca (ríe). Para mí, eso no tiene precio. Aunque el trabajo nunca termina, aquí no vivimos el estrés constante de la ciudad. Y si quiero socializar, en cinco minutos estoy en el pueblo con mis amigos. 

        Quienes nos visitan suelen sorprenderse por ese ritmo de vida, el entorno y el contacto especial con los animales. Para mí, mis vacas son como mis hijas, y siempre está Chispa, mi perro, que me acompaña. A menudo hay una imagen equivocada del mundo rural, como si estuviéramos desconectados o sin acceso a información, pero es todo lo contrario: vivimos muy conectados y en un entorno privilegiado, cerca de la naturaleza y los animales. 

          Lo que realmente deja huella en una visita es la autenticidad. Contar una historia real y demostrarla sobre el terreno convierte el producto en una experiencia completa, envuelta en cercanía, verdad y conexión. 

          Las personas valoran especialmente que quien les guía —como Maite— sea alguien que vive y trabaja en el baserri. No es lo mismo que te lo cuente alguien externo que alguien que ha crecido allí y transmite cada detalle con pasión. Por eso preferimos pocas visitas, pero todas con ella, manteniendo ese valor añadido. 

          También es clave que se pueda experimentar directamente: tocar, probar, alimentar a un ternero… Eso convierte la visita en algo memorable y refuerza el vínculo con el proyecto. Muchas personas repiten o compran nuestros productos como forma de apoyo. 

          Y aunque parezca un detalle menor, los sentidos tienen mucho peso. Por ejemplo, el sonido: en una conservera añadimos audio de mar de fondo para crear ambiente. Cuidar esos aspectos sensoriales transforma el espacio y refuerza la experiencia. 

          Nosotras sabemos muy bien lo que hacemos y ponemos mucha pasión en ello, pero también somos conscientes de que hay aspectos que se nos pueden escapar o en los que no tenemos tanta experiencia. Tener a alguien como Nere a nuestro lado es una gozada porque nos aporta esa conexión directa con el público y sabe cómo comunicar el valor real del producto y del baserri de una manera cercana y auténtica. 

          Este tipo de experiencias ayuda mucho a que la gente se fidelice, porque cuando participas y ves todo el proceso, empiezas a valorar lo que hay detrás y no solo el producto final. Además, ayuda a crear conciencia sobre la importancia de consumir local, pero sin que sea un discurso pesado; simplemente es algo que se va entendiendo al vivirlo. 

            Nos conocimos en un evento llamado Costa Gastronómica, sobre 2017. Maite se ríe porque dice que no sabe muy bien qué hacía yo allí, ya que era un evento pensado para grandes marcas del turismo y la gastronomía, y en su sector no había mucha gente. Yo, en cambio, sí sabía por qué estaba y fui con intención (risas). Fue un evento muy chulo organizado desde la comarca de Urola Kosta, todo enfocado en turismo. 

            Cuando la conocí, supe que había mucho potencial en lo que hacía: desde la máquina expendedora, los yogures artesanos, hasta los robots de ordeño. Maite se ríe porque nunca pensó que todo eso podría llamar tanto la atención. Para mí quedó claro que juntas podríamos hacer un buen equipo y darle más visibilidad y fuerza a su proyecto. 

            Queremos que las personas conecten de verdad con lo que hay detrás de cada producto: el cuidado de los animales, la elaboración artesanal y el esfuerzo diario en el baserri. Que no solo vivan una experiencia bonita, sino que comprendan, pregunten, toquen, prueben… y se lleven algo que les deje huella. 

            También miramos al futuro. Uno de nuestros retos es facilitar que quienes nos visitan puedan seguir consumiendo nuestros productos desde casa. La venta online no es sencilla por el envío refrigerado, pero estamos buscando soluciones viables. Además, queremos centralizar las reservas y avanzar en la gestión digital, siempre sin perder nuestra esencia. Desde Costa Gastronómica trabajamos en esa transformación, con herramientas sencillas y adaptadas al mundo rural. 

              A quienes todavía no han visitado un baserri de cerca, especialmente a la gente de aquí, les diríamos que se animen a venir. Muchas veces pasamos por delante en coche, vemos los caseríos desde la carretera y pensamos que ya sabemos lo que hay… pero no es así. Como lo tenemos cerca, lo damos por hecho y nunca nos acercamos a conocerlo de verdad. 

              El mensaje es claro: no hace falta irse muy lejos para descubrir algo diferente. Aquí al lado hay un mundo que merece la pena ver, tocar, entender y valorar. 

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